LA PROVIDENCIA DE DIOS

LA DIVINA PROVIDENCIA

Cuando leo los escritos de los cristianos de siglos pasados me llama la atención la multitud de referencias a la providencia de Dios. Parece ser como si antes del advenimiento del siglo veinte los cristianos sintonizaban más con la providencia de Dios en sus vidas que lo que sucede ahora. El espíritu del naturalismo que entiende que todos los acontecimientos en la naturaleza están gobernados por fuerzas naturales ha hecho su impacto sobre nuestra generación.
La raíz del significado de la palabra providencia es "prever o ver de antemano", o "proveer". La palabra, como tal, no transmite el significado profundo de la doctrina de la providencia. La doctrina implica mucho más que el hecho de que Dios sea un espectador de los acontecimientos humanos. Conlleva más que una simple referencia a su previo conocimiento.
Los ministros de Westminster en el siglo diecisiete definieron la providencia de la siguiente manera: Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, acciones, y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su más sabia y santa providencia, de acuerdo con su previo conocimiento infalible, y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para la alabanza de la gloria de su sabiduría, su poder, su justicia, su bondad y su misericordia'.
Dios también sostiene lo que crea. El universo no solo depende de Dios para su origen, depende de Dios para continuar existiendo. El universo no puede ni existir ni operar por su propio poder. Dios tiene todo en su poder. Es en Él que vivimos, nos movemos y somos.
El punto central de la doctrina de la providencia e? la importancia otorgada al gobierno de Dios sobre el universo. El gobierna a su creación con absoluta soberanía y autoridad. Gobierna todo lo que acontece, desde lo más importante hasta lo más insignificante.
No sucede nada que esté fuera del alcance de su gobierno providencial soberano. Él hace que caiga la lluvia que brille el sol. Él hace que surjan los reinos y los hace caer. El tiene contados los cabellos sobre nuestras cabezas y los días de nuestra vida.
Hay una diferencia crucial entre la providencia de Dios y el destino, la fatalidad o la fortuna. La clave de esta diferencia la encontramos en el carácter personal de Dios. El destino es ciego, mientras que Dios todo lo ve. La fatalidad es impersonal, mientras que Dios es un Padre. La fortuna no tiene voz, mientras que Dios puede hablar. ¿No hay fuerzas impersonales y ciegas actúan? En la historia de la humanidad. Todo acontece por la mano invisible de la Providencia.
En un universo gobernado por Dios no hay lugar para acontecimientos fortuitos. La casualidad no existe. La probabilidad es solo una palabra que utilizamos para describir las posibilidades matemáticas. Pero ni la casualidad ni la probabilidad intrínsecamente tienen ningún poder porque no son. La casualidad no es una entidad capaz de influenciar la realidad. La casualidad no es algo. Es nada. .
Otro aspecto de la providencia es llamado la concurrencia. La concurrencia se refiere a las acciones co-extensivas de Dios y los seres humanos. Somos criaturas con nuestra propia voluntad.
Podemos provocar acontecimientos. Sin embargo, el poder causal que ejercemos es secundario. La providencia soberana de Dios trasciende nuestras acciones. El cumple su voluntad a través de las acciones de las voluntades humanas, sin violar la libertad de dichas voluntades humanas. El ejemplo más claro de concurrencia que encontramos en la Escritura es el caso de José y sus hermanos.
Aunque los hermanos de José incurrieron en una culpa verdadera por haber traicionado a su hermano, la providencia de Dios seguía actuando a través de su pecado. José le dijo a sus hermanos: "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo" (Génesis 50:20). .,
La providencia redentora de Dios puede obrar incluso a través de las acciones más diabólicas. La ofensa más grande jamás cometida por un ser humano fue la traición de Cristo por Judas.
Sin embargo, la muerte de Cristo no fue un accidente histórico. Estaba en concordancia con el consejo determinado de Dios. El acto malvado de Judas hizo que sucediera lo mejor que haya sucedido en la historia, la Expiación. No es ninguna casualidad que ese día sea conocido históricamente como el viernes "Santo".
RESUMEN
1. Hoy en día no se cree generalmente en el concepto de la providencia divina.
2. La providencia implica la obra de Dios para sostener a su creación.
3. La providencia se refiere principalmente al gobierno de Dios sobre la creación.
4. A la luz de la providencia divina no hay cabida para fuerzas impersonales como el destino, la fatalidad o la casualidad.
5. La providencia implica la concurrencia por medio de la cual Dios obra su divina voluntad a través de la voluntad de sus criaturas.
PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN
Job 38:1-41:34, Daniel 4:34-35, Hechos 2:22-24, Romanos 11:33-36. 

SI DIOS CONTROLA TODAS LAS COSAS, ¿CÓMO PUEDEN NUESTRAS ACCIONES TENER VERDADERO SIGNIFICADO? ¿CUÁLES SON LOS DECRETOS DE DIOS?

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA
Una vez que entendemos que Dios es el Creador todopoderoso (vea capítulo 15), parece razonable concluir que él también preserva y gobierna todo en el universo.
Aunque el término providencia no se halla en la Biblia, tradicionalmente se ha usado para denotar las relaciones continuas entre Dios y su creación. Cuando aceptamos la doctrina bíblica de la providencia, evitamos cuatro errores comunes al pensar en las relaciones de Dios con su creación.
La doctrina bíblica no es deísmo (que enseña que Dios creó el mundo y luego esencialmente lo abandonó), ni tampoco panteísmo (que enseña que la creación no tiene una existencia real y distinta en sí misma, sino que es nada más que una parte de Dios), sino providencia, que enseña que aunque Dios se relaciona activamente e interviene en la creación en cada momento, la creación es algo aparte de él.
Todavía más, la doctrina bíblica lo enseña que los acontecimientos de la creación los determina la casualidad (o el azar), ni tampoco los determina el destino impersonal (o determinismo), sino Dios, que es el personal y sin embargo infinitamente poderoso Creador y Señor.
Podemos definir la providencia de Dios como sigue: Dios interviene continuamente en todas las cosas creadas de tal manera que él;
(1) Las mantiene existiendo y conservando las propiedades con que las creó;
(2) Coopera con las cosas creadas en toda acción, y dirige las propiedades que las distinguen para hacerles que actúen como actúan; y;
(3) Las dirige para que cumplan los propósitos que les asignó.
Bajo la categoría general de providencia tenemos tres subtemas, de acuerdo a los tres elementos de la definición dada arriba:
(1) Preservación,
(2) Concurrencia y
(3) Gobierno.
Examinaremos cada una de estas en forma separada, y luego consideraremos diferentes criterios y objeciones a la doctrina de la providencia. Se debe notar que esta es una doctrina respecto a la cual ha habido desacuerdo sustancial entre los cristianos desde la historia temprana de la iglesia, particularmente respecto a la relación de Dios con las decisiones voluntarias de criaturas morales.

 En este capítulo presentaremos primero un sumario de la posición que se favorece en este libro de texto (que comúnmente se conoce como la posición «reformada» o «calvinista». 

PRESERVACIÓN

Dios hace que todas las cosas creadas sigan existiendo y manteniendo las propiedades con que las creó.

Hebreos 1:3 nos dice que Cristo es «el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa». La palabra griega que se traduce «sostiene» es ftro, «llevar, cargar».
Esto se usa comúnmente en el Nuevo Testamento para llevar algo de un lugar a otro, tal como llevar a un paralítico en una camilla hasta Jesús (Lc 5:18), llevar el vino al director de la fiesta Gn 2:8), o traerle a Pablo un capote y libros (2 Ti 4:13).
No significa simplemente «sostener», sino que tiene el sentido de control activo y determinado de lo que se está llevando de un lugar a otro. En Hebreos 1:3 el uso del participio presente indica que Jesús está «continuamente llevando todas las cosas» del universo por su palabra poderosa.
Cristo interviene activamente en la obra de la providencia.
De modo similar, en Colosenses 1:17 Pablo dice de Cristo «todas las cosas en él subsisten» (RVR 1960). La frase «todas las cosas» se refiere a todo lo creado en el universo (vea v. 16), y el versículo afirma que Cristo mantiene existiendo toda las cosas; en él existen continuamente o «permanecen» (LBLA).
Ambos versículos indican que si Cristo cesara su actividad continua de sustentar todas las cosas del universo, todo excepto el Dios trino instantáneamente dejaría de existir. Tal enseñanza la afirma también Pablo cuando dice que «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17: 28), y Esdras:
«¡Sólo tú eres el Señor! Tú has hecho los cielos, y los cielos de los cielos con todas sus estrellas. Tú le das vida a todo lo creado: la tierra y el mar con todo lo que hay en ellos. ¡Por eso te adoran los ejércitos del cielo!» (Neh 9:6). Pedro también dice que «los cielos y la tierra que existen ahora» son «guardados para el fuego en el día del juicio» (2ª P 3: 7, RVR 1960).
Un aspecto de la preservación providencial de Dios es el hecho de que él continúa dándonos aliento cada momento. Eliú en su sabiduría dice de Dios: «Si pensara en retirarnos su espíritu, en quitamos su hálito de vida, todo el género humano perecería, ¡la humanidad entera volvería a ser polvo!» Job 34: 14-15; Sal 104: 29).
Dios, al preservar todas las cosas que ha hecho, también hace que mantengan las propiedades con que las creó. Dios preserva el agua de tal manera que continúa actuando como agua. Hace que la hierba siga actuando como hierba, con todas sus características distintivas.
Hace que el papel en que está escrita esta oración siga actuando como papel de manera que no se disuelva espontáneamente en agua ni se aleje flotando, ¡ni se vuelva una cosa viva y empiece a crecer! Mientras alguna otra parte de la creación no actúe sobre él y cambie sus propiedades (por ejemplo, si el  Fuego lo quema y se convierte en ceniza), este papel seguirá actuando como papel mientras Dios preserve la tierra y la creación que ha hecho.
No debemos pensar, sin embargo, que la preservación de Dios es una continua nueva creación; él no está continuamente creando nuevos átomos y moléculas para todas las cosas que existes. Más bien, él preserva lo que ya ha creado; él «sustenta todas las cosas» por su palabra de poder (Heb 1:3, traducción del autor).
También debemos apreciar que las cosas creadas son reales y que sus características son reales. No es que simplemente me imagino que la piedra que tengo en la mano es dura; es dura. Si me golpeo la cabeza con ella, no simplemente me imagino que duele; en efecto duele! Debido a que Dios mantiene esta piedra con las propiedades con que la creó, la piedra ha sido dura desde el día en que fue formada, y (a menos que alguna otra cosa en la creación interactúe con ella y la cambie) será dura hasta el día en que Dios destruya los cielos y la tierra (2ª P 3: 7, 10-12).
La providencia de Dios provee base para la ciencia; Dios ha hecho y continúa sosteniendo un universo que actúa de maneras predecibles. Si un experimento científico da un cierto resultado hoy, podemos tener confianza de que (si todos los factores son los mismos) dará el mismo resultado mañana y de aquí a cien años.
La doctrina de la providencia también provee un cimiento para la tecnología; puedo confiar que la gasolina hará que mi automóvil funcione hoy tal como lo hizo funcionar ayer, no solo porque «siempre ha funcionado de esa manera», sino porque la providencia de Dios sustenta un universo en el que creó cosas que mantienen las propiedades con que las creó.
El resultado puede ser similar en la vida del que no es creyente y en la vida del cristiano; ambos ponemos gasolina en nuestros automóviles y los conducimos. Pero el que no es creyente lo hará sin saber la verdadera razón de que funcione de la manera que funciona, y yo lo haré con el conocimiento de la verdadera razón (la providencia de Dios) y agradeceré a mi Creador por la maravillosa creación que hizo y preserva.
NOTA: Aunque los filósofos pueden usar el término determinismo (o determinismo suave) para catalogar la posición que abogo en este capítulo, yo no uso ese término porque es demasiado fácil malentendido en el inglés de todos los días:
(1) Sugiere un sistema en el que las decisiones humanas no son reales y no ejercen ninguna diferencia en el resultado de los sucesos; y,
(2) Sugiere un sistema en el cua11a última causa de los sucesos es un universo mecanicista antes que un Dios sabio y personal. Es más,
(3) Con demasiada facilidad permite a los críticos agrupar la noción bíblica con los sistemas deterministas no cristianos y nublar las distinciones entre ellos.
La noción que abogo en este capítulo a veces se le llama «compatibilismo», porque sostiene que la soberanía divina absoluta es compatible con la significación humana y decisiones humanas reales. No tengo objeción a los matices de este término, pero he decidido no usarlo porque;
(1) Quiero evitar la proliferación de términos técnicos en el estudio de la teología, y;

(2) Parece preferible simplemente llamar mi posición una noción tradicional reformada de la providencia de Dios, y con ello colocarme yo mismo dentro de una tradición teológica ampliamente entendida representada por Juan Calvino y otros teólogos sistemáticos mencionados en la categoría de «reformada» al final de este capítulo. 

CONCURRENCIA

Dios coopera con las cosas creadas en toda acción, dirigiendo sus propiedades distintivas para hacerlas que actúen como actúan.

Este segundo aspecto de la providencia, concurrencia, es una expansión de la idea contenida en el primer aspecto, preservación. Es más, algunos teólogos (como Juan Calvino) tratan el hecho de la concurrencia bajo la categoría de preservación, pero es útil tratarlo como una categoría distinta.
En Efesios 1: 11 Pablo dice que Dios «hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad». La palabra que se traduce «hace» (energeo) indica que Dios «obra» o «produce» todas las cosas conforme a su voluntad. Nada de lo que sucede en la creación cae fuera de su providencia. Por supuesto, este hecho está oculto a nuestros ojos a menos que lo leamos en la Biblia.
Como la preservación, la obra de Dios en concurrencia no es claramente evidente partiendo de la observación del mundo natural que nos rodea.
Para dar prueba bíblica de la concurrencia empezaremos con la creación inanimada, luego pasaremos a los animales, y finalmente a diferentes clases de acontecimientos en la vida de los seres humanos.
1. CREACIÓN INANIMADA.
Hay muchas cosas en la creación de las que pensamos que son simples ocurrencias «naturales». Sin embargo la Biblia dice que Dios las hace suceder. Leemos de «el relámpago y el granizo, la nieve y la neblina, el viento tempestuoso que cumple su mandato» (Sal 148:8). De modo similar,
A La Nieve Le Ordena: "¡Cae Sobre La Tierra!", Y A La Lluvia: "¡Muestra Tu Poder!" Por El Aliento De Dios Se Forma El Hielo Y Se Congelan Las Masas De Agua. Con Agua De Lluvia Carga Las Nubes, Y Lanza Sus Relámpagos Desde Ellas; Y Éstas Van De Un Lado A Otro, Por Toda La Faz De La Tierra, Dispuestas A Cumplir Sus Mandatos. Por Su Bondad, Hace Que Vengan Las Nubes, Ya Sea Para Castigar O Para Bendecir. Job 37:6-13; Afirmaciones Similares En 38: 22-30).
De nuevo, el salmista declara que «El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal 135: 6), y luego en la próxima oración ilustra a Dios haciendo su voluntad en el clima: «Levanta las nubes desde los confines de la tierra; envía relámpagos con la lluvia y saca de sus depósitos a los vientos» (Sal 135: 7; 104: 4).
Dios también hace a la hierba crecer: «Haces que crezca la hierba para el ganado, y las plantas que la gente cultiva para sacar de la tierra su alimento» (Sal 104: 14). Dios dirige las estrellas en los cielos, y le pregunta a Job: «¿Puedes hacer que las constelaciones salgan a tiempo? ¿Puedes guiar a la Osa Mayor y a la Menor?» Job 38:32; el v. 31 se refiere a las constelaciones Pléyades y Orión).
Es más, Dios continuamente dirige la llegada de la mañana Job. 38:12), hecho que Jesús afirmó cuando dijo que Dios «hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos» (Mt 5:45).
2. ANIMALES.
La Biblia afirma que Dios alimenta a los animales salvajes del campo, porque «todos ellos esperan de ti que a su tiempo les des su alimento. Tú les das, y ellos recogen; abres la mano, y se colman de bienes. Si escondes tu rostro, se aterran; si les quitas el aliento, mueren y vuelven al polvo» (Sal 104: 27-29; Job 38: 39-41).Jesús también afirmó esto cuando dijo: «Fíjense en las aves del cielo el Padre celestial las alimenta» (Mt 6: 26). Dijo que ni un solo gorrión «caerá a tierra sin que lo permita el Padre» (Mt 10: 29).
3. ACONTECIMIENTOS QUE AL PARECER SUCEDEN «AL AZAR» O «POR CASUALIDAD».
Desde la perspectiva humana, el echar suertes (o su equivalente moderno, lanzar los dados o echar una moneda al aire) es lo más típico de la casualidad en el universo. Pero la Biblia afirma que el resultado de tal cosa viene de Dios: «Las suertes se echan sobre la mesa, pero el veredicto proviene del Señor» (Pr 16: 33).
NOTA: Es cierto que Ec 9: 11 dice que «no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; y que tampoco de los sabios es el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte les llegan.
4. ACONTECIMIENTOS PLENAMENTE CAUSADOS POR DIOS Y PLENAMENTE CAUSADOS TAMBIÉN POR LA CRIATURA.
A cualquiera de los eventos antedichos (lluvia y nieve, el crecimiento de la hierba, sol y estrellas, alimentación de los animales, y echar suertes) podríamos (por lo menos en teoría) darle una explicación «natural» completamente satisfactoria.
Un experto en botánica puede detallar los factores que hacen que la hierba crezca, tales como el sol, humedad, temperatura, nutrientes en el suelo, etc. Sin embargo la Biblia dice que Dios hace que la hierba crezca.
Un meteorólogo puede dar una explicación completa de los factores que causan la lluvia (humedad, temperatura, presión atmosférica, etc.), e incluso puede producir lluvia en un laboratorio climático. Sin embargo la Biblia dice que Dios hace que la lluvia caiga.
Un físico con información correcta sobre la fuerza y dirección en que se lanzó un par de dados podría explicar por completo lo que hizo que los dados dieran el resultado que dieron; sin embargo la Biblia dice que Dios determina la decisión de la suerte que se echa.
Esto nos muestra que es incorrecto que razonemos que sí sabemos la causa «natural» de algo en este mundo, Dios no lo causó. Más bien, si llueve debemos agradecérselo a él. Si el sembrío crece debemos agradecerle a él. En todos estos hechos no es como si fueran causados parcialmente por Dios y parcialmente por factores en el mundo creado. Si ese fuera el caso, siempre estaríamos buscando algún rasgo pequeño de algo que sucedió que no podríamos explicar (digamos el 1% de la causa) para atribuirlo a Dios. Pero ciertamente este no es un concepto correcto.
Más bien, estos pasajes afirman que Dios es quien produce tales acontecimientos.
Sin embargo sabemos que (en otro sentido) son también enteramente causados por factores de la creación.
La doctrina de la concurrencia afirma que Dios dirige, y obra mediante las propiedades particulares de cada cosa creada, así que estas cosas en sí mismas producen los resultados que vemos. Entonces es posible afirmar que en un sentido los acontecimientos son plenamente (cien por ciento) producidos por Dios y también plenamente (cien por ciento) producidos por la criatura. Sin embargo, las causas divinas y de las criaturas obran de maneras diferentes.
La causa divina de cada suceso actúa como una causa invisible que actúa y dirige detrás del escenario, y se podría llamar la «causa primaria» que planea e inicia todo lo que sucede. Pero lo creado produce acciones que concuerdan con las propiedades propias de lo creado, acciones que a menudo nosotros o los científicos profesionales que observan cuidadosamente los procesos podemos describir. Estos factores y propiedades de lo creado pueden, por consiguiente, llamarse causas «secundarias» de todo lo que sucede, aun cuando son las causas que son evidentes para nosotros al observar.
5. LOS ASUNTOS DE LAS NACIONES.
La Biblia también habla del control providencial de Dios de los asuntos humanos. Leemos que Dios «engrandece o destruye a las naciones; las hace prosperar o las dispersa» (Job 12: 23). «Porque del Señor es el reino; él gobierna sobre las naciones» (Sal 22: 28). Él ha determinado el tiempo de todos» (LBLA). Pero Michael Eaton correctamente observa: «En los labios del israelita "suerte" quiere decir lo inesperado, no lo que es al azar»
 La Existencia y el lugar de cada nación sobre la tierra, porque Pablo dice: «De un solo hombre hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios» (Hch 17: 26; 14: 16). Y cuando Nabucodonosor se arrepintió, aprendió a alabar a Dios:

Su Dominio Es Eterno; Su Reino Permanece Para Siempre. Ninguno De Los Pueblos De La Tierra Merece Ser Tomado En Cuenta. Dios Hace Lo Que Quiere Con Los Poderes Celestiales Y Con Los Pueblos De La Tierra. No Hay Quien Se Oponga A Su Poder Ni Quien Le Pida Cuentas De Sus Actos (Dn 4: 34-35).

TODOS LOS ASPECTOS DE LA VIDA.

Es asombroso ver el alcance al que la Biblia afirma que Dios hace que ocurran cosas en nuestra vida. 
Por ejemplo, nuestra dependencia en Dios para recibir alimento cada día la reiteramos cada vez que oramos: «Danos hoy nuestro pan cotidiano» (Mt 6: 11), aunque trabajamos para ganamos la comida y (hasta donde la mera observación humana puede discernir) la obtenemos enteramente mediante causas «naturales».
De modo similar, Pablo, mirando con los ojos de la fe lo que sucede, afirma que a sus hijos «mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten» (Fil 4: 19), aunque Dios puede usar medios «ordinarios» (tales como otras personas) para hacerlo.
Dios planea nuestros días antes de que nazcamos, porque David afirma: «Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos» (Sal 139: 16). Y Job dice que «Los días del hombre ya están determinados; tú has decretado los meses de su vida; le has puesto límites que no puede rebasar» Job 14: 5).
Esto se puede ver en la vida de Pablo, que dice: «Dios me había apartado desde el vientre de mi madre» (Gá 1: 15), y de Jeremías, a quien Dios le dijo: «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones» Jer 1: 5).
Todas nuestras acciones están bajo el cuidado providencial de Dios, porque «en él vivimos, nos movemos» (Hch 17: 28). Los pasos que damos cada día los dirige el Señor. Jeremías confiesa: «Yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos» Jer 10: 23).
Leemos que «los pasos del hombre los dirige el Señor» (Pr 16: 9). De modo similar, Proverbios 16: 1 afirma: «El hombre propone y Dios dispone».
El éxito y el fracaso vienen de Dios, porque leemos: «La exaltación no viene del oriente, ni del occidente ni del sur, sino que es Dios el que juzga: a unos humilla y a otros exalta» (Sal 75: 6-7). Por eso María puede decir: «De sus tronos derrocó a los poderosos, mientras que ha exaltado a los humildes» (Lc 1: 52).
NOTA: (Bethany House, Minneapolis, 1975), pp. 116-17, objeta que estos versículos simplemente afirman que «cuando se trata de conflicto entre Dios y el hombre, indudablemente no puede ser el hombre el que gane el día».
Dice que estos versículos no describen la vida en general, sino que describen situaciones inusuales en donde Dios supera la voluntad del hombre a fin de producir sus propósitos especiales. Clines niega que los versículos quieran decir que Dios siempre actúa de esta manera, o que estos versículos representen el control de Dios de la conducta humana en general. Sin embargo, en estos pasajes no se ve tal restricción (vea Pr 16: 1,9).
Los versículos no dicen que Dios dirija los pasos del hombre en instancias raras en las que Dios tiene que intervenir para cumplir sus propósitos; simplemente hacen afirmaciones en general en cuanto a la manera en que funciona el mundo; Dios dirige los pasos del hombre en general, no simplemente cuando hay conflicto entre Dios y el hombre.
El Señor da hijos, porque «Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa» (Sal 127: 3).
Todos nuestros talentos y capacidades son del Señor, porque Pablo puede preguntarle a los corintios: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?» (1ª Co 4: 7).
David sabía que eso era cierto respecto a su dotes militares, porque, aunque debe haberse entrenado muchas horas en el uso del arco y la flecha, pudo decir: «[Dios] adiestra mis manos para la batalla, y mis brazos para tensar arcos de bronce» (Sal 18: 34).
Dios influye en las decisiones de los gobernantes, porque «en las manos del Señor el corazón del reyes como un río: sigue el curso que el Señor le ha trazado» (Pr 21: 1). Una ilustración de esto fue cuando el Señor hizo que el rey de Persia ayudara a su pueblo, «y permitiera reconstruir el templo del Dios de Israel» (Esd 6: 22), o cuando «en el primer año del reinado de Ciro, rey de Persia, el Señor dispuso el corazón del rey» (Esd 1: 1) para que ayudara al pueblo de Israel.
Pero no es solo el corazón del rey el que Dios dispone, porque él mira «desde su trono a todos los habitantes de la tierra» y «él es quien formó el corazón de todos» (Sal 33: 14-15).
Cuando nos damos cuenta de que en la Biblia el corazón es donde residen nuestros pensamientos y deseos más íntimos, este es un pasaje significativo. Dios dirige de modo especial los deseos e inclinaciones de los creyentes, obrando en nosotros «tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Flp 2: 13).
Todos estos pasajes, que contienen afirmaciones generales en cuanto a la obra de Dios en la vida de toda persona y ejemplos específicos de la obra de Dios en la vida de individuos nos llevan a concluir que la obra providencial de Dios de concurrencia se extiende a todos los aspectos de nuestra vida. Nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros movimientos, nuestros corazones y nuestras capacidades vienen del Señor.
Pero debemos guardarnos contra malos entendidos. Aquí también, como en la creación más baja, la dirección providencial de Dios como «causa primaria» invisible, detrás de bastidores, no nos debe llevar a negar la realidad de nuestras decisiones y acciones. Una y otra vez la Biblia afirma que hacemos que las cosas sucedan.
Somos significativos y responsables. Nosotros en efecto tomamos decisiones y estas son decisiones reales que producen resultados reales. La Biblia repetidamente afirma también estas verdades.
Tal como una piedra es de veras dura debido a que Dios la hizo con las propiedades de dureza, tal como el agua es de verdad mojada debido a que Dios la hizo con la propiedad de humedad, y así como las plantas están de verdad vivas porque Dios las hizo con la propiedad de la vida, nuestras decisiones son decisiones de verdad y surten efectos significativos, porque Dios nos ha hecho de una manera tan maravillosa que nos ha dotado con la propiedad de libre albedrío.
Una manera de abordar estos pasajes en cuanto a la concurrencia de Dios es decir que si de veras nosotros decidimos, nuestras decisiones no pueden originarse en Dios (vea más adelante una mayor explicación de este punto de vista). Pero el número de pasajes que afirman este control providencial de Dios es tan considerable, y las dificultades involucradas en darles alguna otra interpretación son tan formidables, que en efecto no me parece que pueda ser la mejor manera de abordarlos.
Parece que es mejor afirmar que Dios hace que todas las cosas sucedan, pero que lo hace de tal manera que mantiene la facultad que tenemos de tomar decisiones voluntarias, responsables, que tienen resultados reales y eternos y de las cuales se nos considera responsables. La Biblia no nos explica exactamente cómo Dios combina su control providencial con nuestras decisiones voluntarias y significativas.
Pero en lugar de negar una cosa o la otra (simplemente porque no podemos explicar cómo ambas pueden ser verdad), debemos aceptarlas las dos en un intento de ser fieles a la enseñanza de toda la Biblia.
La analogía de un autor que escribe una obra puede ayudarnos a captar cómo ambas cosas pueden ser verdad. En la obra Macbet, de Shakespeare, Macbet mata al rey Duncan. Ahora (si por un momento damos por sentado que esto es ficticio), se podría hacer la pregunta «¿Quién mató al rey Duncan?» En un nivel, la respuesta correcta es «Macbet».
Dentro del contexto del drama él cometió el homicidio y con razón carga con la culpa. Pero en otro nivel, una respuesta correcta a la pregunta «¿Quién mató al rey Duncan?» sería «William Shakespeare»; él escribió la obra, creó a los personajes y escribió la parte en donde Macbet mata al rey Duncan.
No sería correcto decir que debido a que Macbet mató al rey Duncan, William Shakespeare no lo mató. Tampoco sería correcto decir que debido a que William Shakespeare mató al rey Duncan, Macbet no lo mató. Ambas cosas son verdad. A nivel de los personajes en la obra Macbet por completo (cien por ciento) causó la muerte del rey Duncan, pero a nivel del creador de la obra, William Shakespeare por completo (cien por ciento) causó la muerte del rey Duncan.
De modo similar, podemos entender que Dios causa plenamente las cosas de cierta manera (como Creador), y nosotros plenamente causamos las cosas de otra manera (como criaturas).
Por supuesto, alguien podría objetar que la analogía en realidad no resuelve el problema porque los personajes del drama no son personajes de la vida real; son personajes sin libertad propia, ni capacidad de tomar decisiones genuinas, y cosas por el estilo. Pero en respuesta podemos destacar que Dios es infinitamente mucho más grande y más sabio que nosotros.

En tanto que nosotros como criaturas finitas sólo podemos crear personajes ficticios en un drama, y no personajes de la vida real, Dios, nuestro Creador infinito, ha hecho un mundo real y en él nos ha creado como personas reales que toman decisiones por su cuenta. Decir que Dios no podría hacer un mundo en el cual él nos hace tomar decisiones por nuestra cuenta (como algunos argumentarían hoy; véase la consideración más abajo) es limitar el poder de Dios. También parece desmentir un amplio número de pasajes de la Biblia.

¿QUÉ EN CUANTO AL MAL?

Si Dios en efecto causa, mediante su actividad providencial, todo lo que sucede en el mundo, surge la pregunta: 
«¿Cuál es la relación entre Dios y el mal en el mundo?» ¿Causa Dios las acciones malas que cometen los seres humanos? Si es así, ¿no es Dios el responsable del pecado?
Al abordar este asunto, es mejor leer los pasajes bíblicos que tratan del asunto más directamente. Podemos empezar mirando varios pasajes que afirman que Dios, en efecto, hizo que ocurrieran cosas malas y se hicieran cosas malas.
Pero debemos recordar que en todos estos pasajes es muy claro que la Biblia en ninguna parte muestra a Dios haciendo directamente algo malo, sino más bien haciendo que sucedieran cosas malas debido a las acciones voluntarias de criaturas morales.
Es más, la Biblia nunca le echa a Dios la culpa por el mal ni muestra a Dios complaciéndose en el mal, y la Biblia nunca excusa el mal que hacen los seres humanos. Comoquiera que entendamos la relación entre Dios y el mal, nunca debemos llegar al punto de pensar que no somos responsables del mal que hacemos, o que Dios se complace en el mal, o que podemos echarle a él la culpa. Tal conclusión es claramente contraria a la Biblia.
Hay literalmente docenas de pasajes bíblicos que dicen que Dios (indirectamente) hizo que tuviera lugar algún tipo de mal. He citado una lista tan extensa (en los siguientes pocos párrafos) porque los cristianos a menudo no se dan cuenta de la extensión de esta clara enseñanza en la Biblia. Sin embargo, se debe recordar que en todos estos ejemplos no es Dios el que hace el mal, sino que lo hacen las personas o los demonios que deciden hacerlo.
Un ejemplo muy claro se halla en la historia de José. La Biblia dice que los hermanos de José sin razón alguna sentían celos de él (Gn 37: 11), lo aborrecían (Gn 37: 4,5,8), querían matarlo (Gn 37:20), e hicieron mal cuando lo echaron en la cisterna (Gn 37: 24) y cuando lo vendieron como esclavo para que lo llevaran a Egipto (Gn 37: 28). Sin embargo, más adelante José pudo decirles a sus hermanos:
«Fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas» (Gn 45: 5), y: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Gn 50: 20). Aquí tenemos una combinación de obras malas producidas por hombres pecadores a quienes con toda razón se les considera culpables de pecado, y también el control providencial de Dios que se impuso para que los propósitos del Señor se lograran. Ambas cosas se afirman claramente.
El relato del éxodo de Egipto repetidamente afirma que Dios endureció el corazón del faraón. Dios dice: «Yo, por mi parte, endureceré su corazón» (Éx4: 21), «Yo vaya endurecer el corazón del faraón» (Éx 7: 3), «el Señor endureció el corazón consideración a la posibilidad (en verdad, ¡la realidad!) De que Dios puede hacer mucho más de lo que los seres humanos pueden hacer, y que puede maravillosamente crear seres humanos genuinos antes que meros personajes de una dramatización.
Un mejor enfoque a la analogía de un autor y un drama sería si Marshall aplicaría a este asunto una afirmación muy útil que hizo en otra parte de su ensayo: «La dificultad básica es la de intentar explicar la naturaleza de la relación entre un Dios infinito y criaturas finitas. Nuestra tentación es pensar de la causalidad divina de manera muy similar a la causalidad humana, y esto produce dificultades tan pronto como tratamos de relacionar la causalidad divina y la libertad humana.
Está más allá de nuestra capacidad explicar cómo Dios puede hacemos hacer ciertas cosas (o causar que el universo llegue a existir y se comporte como se comporta) Puedo concordar completamente con toda la afirmación de Marshall en ese punto, y hallo que es una manera muy útil de enfocar este problema.
Sal105: 7 dice que Dios: «envió delante de ellos a un hombre: a José, vendido como esclavo».
Del faraón» (Éx 9: 12), «el Señor endureció el corazón del faraón» (Éx 10: 20, repetido en 10:27 y también en 11: 10), «Yo, por mi parte, endureceré el corazón del faraón» (Éx 14:4), y «El Señor endureció el corazón del faraón» (Éx 14: 8).
A veces se objeta que la Biblia también dice que el faraón endureció su propio corazón (Éx 8: 15, 32; 9: 34), y que la acción de Dios de endurecer el corazón del faraón fue solamente en respuesta a la rebelión inicial y dureza de corazón que el mismo faraón exhibió por voluntad propia.
Pero también se debe notar que la promesa de Dios de endurecer el corazón del faraón (Éx 4: 21; 7:3) se hizo mucho antes de que la Biblia nos diga que el faraón endureció su propio corazón (leemos de esto por primera vez en Éx 8:15).
Es más, nuestro análisis de una concurrencia dado arriba, en el cual agentes tanto divino como humanos pueden causar el mismo evento, debe mostramos que ambos factores pueden ser verdad al mismo tiempo; aunque el faraón endurece su propio corazón, esto no es inconsistente con decir que Dios es el que hace que el faraón lo haga y por esto Dios está endureciendo el corazón del faraón.
Finalmente, si alguien objetara que Dios solo está intensificando los deseos y decisiones malas que ya estaban en el corazón del faraón, eso todavía podría en teoría por lo menos cubrir todo el mal que hay en el mundo hoy, puesto que todo ser humano tiene deseos malos en su corazón y todo ser humano en realidad toma decisiones pecaminosas.
¿Cuál es el propósito de Dios en esto? Pablo reflexiona sobre Éxodo 9: 16 y dice:
«Porque la Escritura le dice al faraón: "Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra"» (Ro 9: 17).
Entonces Pablo infiere una verdad general a partir de este ejemplo específico: «Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9: 18). De hecho, Dios también endureció el corazón de los egipcios para que persiguieran a Israel hasta el Mar Rojo: «Yo vaya endurecer el corazón de los egipcios, para que los persigan. ¡Vaya cubrirme de gloria a costa del faraón y de su ejército, y de sus carros y jinetes!» (Éx 14: 17). Este tema se repite en Salmo 105: 25: «Cambió el corazón de ellos para que aborreciesen a su pueblo» (RVR 1960).
Más adelante en la narración del Antiguo Testamento se hallan ejemplos similares en cuanto a los cananeos que fueron destruidos en la conquista de Palestina que condujo Josué. Leemos: «El Señor endureció el corazón de los enemigos para que entablaran guerra con Israel. Así serían exterminados sin compasión alguna» vea también Jue 3: 12; 9: 20).
El empecinamiento de Sansón en casarse con una filistea que no era creyente «era de parte del Señor, que buscaba la ocasión de confrontar a los filisteos; porque en aquel tiempo los filisteos dominaban a Israel» Jue 14: 4).
También leemos que los hijos de Elí, cuando los reprendieron por sus malas obras «no le hicieron caso a la advertencia de su padre, pues la voluntad del Señor era quitarles la vida» (1ª S 2: 25). Más tarde leemos que «el Señor le envió un espíritu maligno» a Saúl para que lo atormentara (1ª S 16: 14).
Cuando David pecó, el Señor le dijo por medio del profeta Natán: «"Yo haré que el desastre que mereces surja de tu propia familia, y ante tus propios ojos tomaré a tus mujeres y se las daré a otro, el cual se acostará con ellas en pleno día. Lo que tú hiciste a escondidas, yo lo haré a plena luz, a la vista de todo Israel"» (2ª S 12: 11-12; cumplido en 16: 22).
En castigo adicional por el pecado de David, «el Señor hirió al hijo que la esposa de Drías le había dado a David, de modo que el niño cayó gravemente enfermo», y a la larga murió (2ª S 12: 15-18). David tuvo presente el hecho de que Dios podría enviar mal contra él, porque más adelante, cuando Simei maldijo a David y le lanzó piedras a él ya sus criados (2ª S 16: 5-8), David no quiso vengarse de Simei sino que dijo a sus soldados: «Déjenlo que me maldiga, pues el Señor se lo ha mandado» (2ª S 16: 11).
Más adelante todavía en la vida de David, el Señor «incitó»6 a David para que censara al pueblo (2ª S 24: 1), pero después David reconoció esto como pecado, diciendo: «He cometido un pecado muy grande» (2ª S 24:10), y Dios envió castigo sobre la tierra debido a este pecado (2ª S 24: 12-17).
Sin embargo, también es claro que «una vez más, la ira del Señor se encendió contra Israel» (2ª S 24: 1), así que la incitación de Dios a David a pecar fue un medio por el cual Dios envió castigo sobre el pueblo de Israel. Todavía más, los medios por los cuales Dios incitó a David se indican claramente en 1ª Crónicas 21: 1: «Satanás conspiró contra Israel e indujo a David a hacer un censo del pueblo».
En este incidente la Biblia nos da una perspectiva asombrosa de tres influencias que contribuyeron de diferentes maneras a una sola acción: Dios, a fin de producir sus propósitos, obró por medio de Satanás para incitar a David a pecar, pero la Biblia considera a David responsable de ese pecado.
De nuevo, después de que Salomón se alejó del Señor debido a sus esposas foráneas, «el Señor hizo que Hadad el edomita, que pertenecía a la familia real de Edom, surgiera como adversario de Salomón» (1ª R 11: 14), Y «Dios también incitó a Rezón hijo de Eliadá para que fuera adversario de Salomón» (1ª R 11: 23). Estos fueron reyes malos que Dios levantó.
En la historia de Job, aunque el Señor le dio a Satanás permiso para dañar todas las posesiones y los hijos de Job, y aunque este daño llegó a través de acciones malas de los sabeos, los caldeas y una tormenta (Job 1: 12, 15, 17, 19), Job mira más allá de esas causas secundarias y, con los ojos de la fe, ve que todo va de la mano de Dios: «El Señor ha dado; el Señor ha quitado.
Bendito sea el nombre del Señor!» (Job 1:21). Después de la declaración de Job, el autor del Antiguo Testamento añade la siguiente oración: «A pesar de todo esto, Job no pecó ni le echó la culpa a Dios» (Job 1:22). A Job acaban de decirle que unas bandas merodeadoras perversas habían destruido sus rebaños y ganado, y sin embargo con gran fe y paciencia en la adversidad dice: «El Señor ha quitado».
Aunque dice que el Señor había hecho esto, sin embargo no le echa a Dios la culpa por el mal ni dice que Dios haya hecho mal; más bien dice: «¡Bendito sea el nombre del Señor!» Echarle la culpa a Dios por el mal que había producido mediante agentes secundarios habría sido un pecado.
Job no hace esto, la Biblia nunca lo hace, ni tampoco debemos hacerlo nosotros.
En otras partes del Antiguo Testamento leemos que el Señor «ha puesto un espíritu mentiroso en la boca de todos esos profetas» de Acab (1ª R 22: 23) y envió a los perversos asirios como «vara de mi ira» para castigar a Israel (Is 10: 5). También envió a los perversos babilonios, incluyendo a Nabucodonosor, contra Israel, diciendo: «Los traeré contra este país, contra sus habitantes» Jer 25:9).
NOTA: La palabra hebrea que se usa en 2ª S 24: 1 cuando dice que el Señor incitó a David contra Israel es su, «incitar, seducir, instigar» (BDB, p. 694). Es la misma palabra que se usa en 2ª Cr 21:1 para decir que Satanás incitó a David a censar a Israel, en 1ª R 21: 25 para decir que Jezabel incitó a Acab a hacer el mal, en Dt 13: 6, 7) para advertir en contra de que un ser querido incite a un pariente a servir secretamente a otros dioses, y en 2ª Cr 18:31 para decir que Dios hizo que el ejército sirio de apartara de Josafat.
Después Dios prometió que posteriormente castigaría a los babilonios también: «Yo castigaré por su iniquidad al rey de Babilonia y a aquella nación, país de los caldeas, y los convertiré en desolación perpetua» Jer 25: 12).
Si hay un profeta engañador que da un mensaje falso, el Señor dice: «Si un profeta es seducido y pronuncia un mensaje, será porque yo, el Señor, lo he seducido. Así que levantaré mi mano contra él, y lo haré pedazos en presencia de mi pueblo» (Ez 14:9, en el contexto de castigar a Israel por su idolatría).
Como culminación de una serie de preguntas retóricas a las cuales la respuesta implicada siempre es «no», Amós pregunta: «¿Se toca la trompeta en la ciudad sin que el pueblo se alarme? ¿Ocurrirá en la ciudad alguna desgracia que el Señor no haya provocado?» (Am 3:6). Allí sigue una serie de desastres naturales en Amós 4:6-12, en donde el Señor le recuerda a su pueblo que les envió hambre, sequía, plagas, langosta, pestilencia y muerte a los hombres y caballos, y «con todo, ustedes no se volvieron a mí» (Am 4: 6,8-11).
En muchos de los pasajes mencionados arriba, Dios trae mal y destrucción sobre el pueblo en castigo por sus pecados. Ellos habían sido desobedientes o se habían descarriado a la idolatría, y entonces el SEÑOR utiliza seres humanos perversos, fuerzas demoníacas o desastres «naturales» para castigarlos. (No siempre se dice que este es el caso José y Job vienen a la mente pero a menudo lo es).
Tal vez esta idea de castigo del pecado puede ayudarnos a entender, por menos en parte, cómo Dios puede rectamente causar acontecimientos malos. Todos los seres humanos son pecadores, porque la Biblia nos dice que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Ro 3: 23).
Ninguno de nosotros merece el favor o la misericordia de Dios, sino sólo condenación eterna. Por consiguiente, cuando Dios envía el mal sobre los seres humanos, sea para disciplinar a sus hijos o para conducir a los que no creen al arrepentimiento, o para enviar castigo de rechazo y destrucción sobre pecadores endurecidos, ninguno de nosotros puede acusar a Dios de haber hecho mal.
Al final todo obrará, según los buenos propósitos de Dios, para gloria suya y el bien de su pueblo. Sin embargo, debemos damos cuenta de que al castigar el mal en los que no están redimidos (como el faraón, los cananeos y los babilonios), Dios también se glorifica mediante la demostración de su justicia, santidad y poder (vea Éx 9:16; Ro 9:14-24).
Por intermedio del profeta Isaías, Dios dice: «Yo formo la luz y creo las tinieblas, traigo bienestar y creo calamidad? Yo, el Señor, hago todas estas cosas» (Is 45: 7; la palabra hebrea que se traduce «crear» aquí es bará, que es la misma palabra que se usa en Gn 1:1).
NOTA: 0tras versiones traducen la palabra hebrea ra, «ma!», como «calamidad» (NVI, LBLA), o «adversidad (RVR), o «desgracia» (VP), y en verdad la palabra se puede usar para aplicarla a desastres naturales tales como implican estas palabras. Pero puede tener una aplicación más amplia que desastres naturales, porque la palabra es un vocablo extremadamente común que se usa para el mal en general. Se la usa del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2: 9), o del mal entre los seres humanos que acarreó el juicio del diluvio (Gn 6: 5), y del mal de los hombres de Sodoma (Gn 13: 13).
Se solía decir: «que se aparte del mal y haga el bien» (Sal 34:14), y hablar del mal de los que llaman bien al mal y al mal llaman bien (Is 5: 20), y el pecado del aquellos cuyos «pies corren hacia el mab (Is 59: 7; vea también 47: 10, 11; 56: 2; 57:1; 59: 15; 65: 12; 66:4).
En docenas de otras ocasiones por todo el Antiguo Testamento se refiere al mal moral o pecado. En contraste con la «paz» (heb. shalom,) en la misma frase en Is 45: 7 se pudiera argüir que solamente la «calamidad» es lo que se tiene en mente, pero no es necesariamente así, porque el mal moral y la perversidad ciertamente son lo opuesto de lo completo de la «shalom» o paz de Dios.
 (En Aro 3: 6, raah es una palabra diferente pero relacionada, y tiene una amplitud similar de significado,) Pero Is 45: 7 no dice que Dios haga el mal (vea consideración más adelante).
En Lamentaciones 3: 38 leemos: «¿No es acaso por mandato del Altísimo que acontece lo bueno y lo malo?» 8 Los israelitas, en tiempo de arrepentimiento de corazón, clamaron a Dios y dijeron: «¿Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te temamos?» (Is 63: 17).
La vida de Jonás es una ilustración notable de la concurrencia de Dios en la actividad humana. Los hombres a bordo del barco que se dirigía a Tarsis echaron a Jonás por la borda, porque la Biblia dice: «Así que tomaron a Jonás y lo lanzaron al agua, y la furia del mar se aplacó» Jon 1: 15). Sin embargo, apenas cinco versículos más adelante Jonás reconoce la dirección providencial de Dios en la acción de ellos, porque le dice a Dios: «A 10 profundo me arrojaste, al corazón mismo de los mares» Jon 2: 3).
La Biblia simultáneamente afirma que los hombres lanzaron a Jonás al mar y que Dios lo echó al mar. La dirección providencial de Dios no obligó a los marineros a hacer algo contra su voluntad, ni tampoco ellos estuvieron conscientes de alguna influencia divina sobre ellos; en verdad, ellos le pidieron perdón a Dios por haber lanzado a Jonás al mar Jon 1: 14).
Lo que la Biblia nos revela, y lo que el mismo Jonás se dio cuenta, fue que Dios estaba realizando su plan mediante las decisiones voluntarias de seres humanos reales que eran moralmente responsables de sus acciones. En una manera que nosotros no entendemos ni se nos revela, Dios los hizo tomar la decisión voluntaria de hacer lo que hicieron.
La obra más perversa de toda la historia, la crucifixión de Cristo, Dios la ordenó; no simplemente el hecho de que ocurriría, sino también todas las acciones individuales conectadas con ella. La iglesia de Jerusalén reconoció esto, porque oraron:
En Efecto, En Esta Dudad Se Reunieron Herodes Y Pondo Pilato, Con Los Gentiles Y Con El Pueblo De Israel, Contra Tu Santo Siervo Jesús, A Quien Ungiste Para Hacer Lo Que De Antemano Tu Poder Y Tu Voluntad Habían Determinado Que Sucediera (Hch 4: 27-28).
Dios había «predestinado» todas las acciones de todos los participantes en la crucifixión de Jesús.
Sin embargo, los apóstoles claramente no le echan culpa moral a Dios, porque las acciones resultaron de las decisiones voluntarias de hombres pecadores. Pedro dice esto claramente en su sermón en Pentecostés: «Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz» (Hch 2: 23).
 En la misma oración liga el plan de Dios y su preconocimiento con la culpa moral que atribuye a las acciones de «gente malvada». Dios no los obligó a ellos a actuar contra su voluntad; más bien, Dios realizó su plan mediante los actos voluntarios de ellos por los cuales ellos eran de todas maneras responsables.
En un ejemplo similar al del Antiguo Testamento en donde vemos a Dios enviando un espíritu mentiroso a la boca de los profetas de Acab, leemos de los que rehusaron amar la verdad: «Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira. Así serán condenados todos los que no creyeron en la verdad sino que se deleitaron en el mal» (2ª Ts 2: 11-12).
NOTA: La palabra hebrea para «mal» aquí es raah, como en Am 3: 6.
0tra clase de mal es la limitación fisica. Con respecto a esto, el Señor dice a Moisés: «-¿Y quién le puso la boca al hombre? -le respondió el Señor-. ¿Acaso no soy yo, el Señor, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita?» (Éx 4: 11).

Y Pedro les dice a sus lectores que los que se les oponen y los persiguen, que rechazan a Cristo como el Mesías, «tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados» (1ª P 2: 8).